Ayer mi esposo se disfrazó de Santa Claus y visitó a los niños del kinder en mi escuela. Estaba muy nervioso, sudando un poco mientras se ponía su barba y peluca blanca, se arreglaba sus botas y enderezaba el ancho cinturón. No sabía cómo lo iban a recibir los niños. Su peor pesadilla era ser considerado "un Santa chafa", como algunos que se ven mal alineados y poco convincentes.
Sin embargo, para su gran sorpresa, la imaginación infantil hizo el milagro de convertir a un señor lindo que quiere a los niños en un superhéroe. "¡Santa, Santa!" le coreaban, mientras corrieron a abrazarlo. Los niños le acariciaban los guantes, se acurrucaban sobre su panza de terciopelo y lo amaron sin condiciones.
Ninguno de ellos le jaló la barba postiza ni buscó penetrar su disfraz. Doscientos chiquillos estaban totalmente convencidos de estar en la presencia del verdadero habitante del Polo Norte.
Le llevaron cartas, le regalaron galletas de su lunch y le pidieron juguetes, mascotas y un hermanito nuevo. Todos le dijeron con gran sinceridad que casi siempre se portan bien.
Ver a mi esposo por los ojos de los niños me hizo creer también en Santa. ¿Cómo no creer en las posibilidades infinitas de la esperanza infantil? ¡Claro que existe Santa, tan claro como existen los niños!
Foto Margaret McGavin
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